Los superpoderes del maestro Abreu

SUPERPODERES DEL MAESTRO ABREU

José Antonio Abreu fue uno de esos personajes que dan poco espacio para las medias tintas. A él quienes lo querían, lo amaban con sentimientos cercanos a la idolatría; mientras tanto, aquellos que lo rechazaban, lo hacían con un encono digno de sanciones contempladas en la nueva Ley contra el Odio.

Lo peculiar del caso Abreu es que esos dos grupos (los idólatras y los “odiólatras”) no coincidían con la polarización nacional. Es decir, no es que a Abreu los amaban los chavistas y lo detestaban los antichavistas o viceversa. No es tan simple la cosa. El gran jefe del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de Venezuela (“el Sistema”, a secas, para efectos prácticos) tenía sus amores y sus odios repartidos entre los dos bandos.

Esa característica habla, de por sí, de una habilidad casi única: supo navegar en la IV y en la V República con una astucia tan sublime como las interpretaciones que ha logrado con sus orquestas de chamos mestizos, para asombro de los más estirados y exigentes públicos del mundo en el campo de la música clásica.

El solo hecho de que Abreu haya sido capaz de lograr la continuidad administrativa de su programa educativo es una prueba de que tenía superpoderes en el campo de la negociación política. Dicha continuidad ha sido difícil incluso dentro de un mismo gobierno, con simples cambios de ministros o de otros funcionarios. Con más razón hay que maravillarse de que el Sistema no solo haya sobrevivido al cambio político de 1999, sino que se haya fortalecido hasta niveles nunca antes vistos.

Aunque los gobiernos de Chávez y de Nicolás Maduro han atendido intensivamente la cultura nacional, impulsando las más diversas manifestaciones y gestionando su reconocimiento como patrimonios universales, la figura de Abreu y del Sistema ha sido una de las puntas de lanza en el mundo.

Abreu (junto a Gustavo Dudamel) han sido una suerte de embajadores ad hoc, capaces de transmitir una imagen de Venezuela muy distinta a la que impone la maquinaria mediática hegemónica.

Desde los años 70

Abreu era desde hace tiempo una figura fundamental en la historia cultural de Venezuela. Su idea de formar orquestas infantiles y juveniles comenzó a prender a mediados de los años 70, con el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, se mantuvo boyante con Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi y obtuvo otro impulso con el regreso de CAP al poder. En ese quinquenio, Abreu fue incluso más allá del Sistema, pues ocupó la dirección del Consejo Nacional de la Cultura, con rango equivalente al del actual Ministerio del ramo. Prosiguió durante los gobiernos de Ramón J. Velásquez y Rafael Caldera y, contra muchos pronósticos, tuvo como gran aliado al comandante Hugo Chávez, quien respaldó financieramente al Sistema con una prodigalidad que molestó a muchos dentro del movimiento bolivariano.

Chávez se cuidó siempre de no meter a Abreu en el saco de su denostada IV República. No le dio ninguna importancia a su pasado como diputado del partido derechista de Arturo Uslar Pietri, ni tampoco a que hubiese sido ministro de Pérez. Abreu tampoco tuvo prurito en aparecer al lado del oficial que se alzó en armas contra el gobierno al que él perteneció. Todo sea por la música.

Molto passionato

Al morir, afloraron los sentimientos opuestos que generaba el maestro. Hubo una variedad interesante de analizar:

Chavistas amantes de Abreu. Los revolucionarios que auténticamente le apreciaban, incluyendo entre ellos a muchos que fueron parte del Sistema, como jóvenes músicos.

Chavistas de “amor” fingido. Los partidarios del gobierno que lo quisieron porque el comandante lo impuso o porque no les convenía ponerse en contra de un señor tan influyente.

Chavistas que nunca lo quisieron. Militantes bolivarianos que estuvieron en contra por considerarlo un oportunista que se enriqueció personalmente con los generosos presupuestos del Estado. Acá destacan los cultores de otros tipos de música y de otras artes, que siempre cuestionaron el desbalance entre los aportes recibidos por Abreu y las migajas (comparativamente hablando) otorgadas a ellos.

Antichavistas amantes de Abreu. Amigos, alumnos y compañeros de trabajo del músico han expresado verdadero dolor por su partida. Un ejemplo de este grupo es Miguel Rodríguez, el también exministro de CAP, célebre por haber sido el artífice del paquete neoliberal de 1989, quien no escatimó elogios y dijo que “Abreu es probablemente el venezolano más importante de los últimos 50 años”.

Antichavistas de “amor” fingido. Salieron en masa a llorar al fallecido, como excusa para reivindicar la condición cuartorrepublicana del maestro. Sostienen que el Sistema es mérito solo de él y de CAP, mientras Chávez fue únicamente un vivo que “se dio colita” con los éxitos del programa y de sus figuras fundamentales, como el director Gustavo Dudamel.

Antichavistas que no lo perdonan. Es el grupo de los que nunca entendieron por qué Abreu aceptó seguir trabajando en su proyecto bajo la égida financiera de Chávez. Mucho menos le perdonaron que cordializara públicamente con el líder bolivariano.

Ni-ni amantes de Abreu. Personas que no militan en ninguno de los dos polos políticos y consideran a Abreu como un valor de la nación. Opinan que lo que ha hecho el Sistema por tantos niños y jóvenes es suficiente mérito para sentirse orgullosos de su principal impulsor.

Ni-ni que odiaron a Abreu. Por diversas causas, los de este grupo, al margen de las cuestiones políticas, profesaron una total animadversión contra este hombre nacido en 1939. Para algunas personas, él era una veleta, que se acomodaba según el rumbo de los vientos porque lo que le interesaba era amasar fortuna y viajar por el mundo con los lujos de un monarca. Otros lanzaron contra él acusaciones muy oscuras sobre su conducta personal en relación a los niños y jóvenes.

Lo dicho: el maestro no generaba reacciones intermedias. Por eso, el día que se escriba una obra musical para reflejar su vida, tendrá que ser con la acotación molto passionato.

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Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado