¿QUÉ TAN CERCA ESTÁ VENEZUELA DE TENER MASACRES ESTUDIANTILES COMO LAS DE EE.UU.?

Un muchachito de 19 años, medio racista y medio freak, se hartó un poco de todo y asesinó a sus excompañeros de clases de una institución educativa de Florida, EE.UU., entre ellos a un venezolano y a 16 personas más, entre alumnos y personal docente.

Cada vez que un chamo en territorio norteamericano se satura del colegio, de sus compañeros, del sistema, de la “gringada”, toma la determinación de acabar con la vida de los demás con una facilidad pasmosa, desde nuestra óptica tropical, jodedora, caribeña.

Solo en lo que va de año se han registrado en suelo gringo 18 tiroteos asociados con el fácil acceso a la adquisición de armamentos, incluidos los de guerra. Nikolas Cruz, que así se llama el chamo de la escuela de Parkland, de Florida, usó un rifle semiautomático AR-15 para acribillar a los compas, y granadas de humo que ayudaron a espantar a los alumnos y generar la estampida en medio de la cual disparó a mansalva. El armamento lo adquirió legalmente en una tienda especializada sin ningún tipo de restricción, pese a haber recibido tratamiento psiquiátrico, ventilar por las redes sociales sus ansias de matar y haber sido denunciado por un usuario de Youtube ante el FBI por su propensión a la violencia.

El norteamericano promedio se escuda en un argumento que al parecer es básico en su idiosincrasia: el derecho a la legítima defensa, para lo que ostenta la segunda enmienda de su Constitución, del 15 de diciembre de 1791, que expresa: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”.

Desde la dramática matanza de estudiantes en la secundaria de Columbine hasta hoy, se ha registrado al menos una treintena de masacres escolares en territorio norteamericano, lo cual ha generado intensos debates sobre el acceso a las armas que no pasan del nivel mediático, pues la tristemente famosa Asociación Nacional del Rifle, encabezada por el mítico actor Charlton Heston (El planeta de los simios), mantiene unos lobbies de presión indestructibles en las principales instituciones del establishment, que no han permitido generar cambios en la legislación y ha sabido mantener a la opinión pública dividida.

Sin duda, hay otras explicaciones más profundas y oscuras. Michel Moore, director de cine y ganador del Oscar, se metió en camisa de once varas cuando intentó buscar el fondo de la violencia que produjo la muerte de 12 niños y un maestro en una secundaria de Colorado, en 1999. Lo hizo a través del impresionante documental Bowling for Columbine, donde hurga en las más profundas razones del ser “gringo”, revelando, finalmente, la actitud violenta de su sociedad y posicionando una idea que perfectamente parece sacada del Libro rojo del PSUV: actúan así por su condición imperialista.

“Los estadounidenses creemos que está bien matar gente, creemos que está bien invadir un país que no tuvo nada que ver con el 11 de septiembre. Creemos que está bien invadir un país en el que creemos que está Osama Bin Laden, y resulta que está en otro país. Así que simplemente matamos gente ahí. Y tenemos la pena de muerte, la aprobamos. No estamos hablando de locos. Estamos hablando de nuestro gobierno que está creado con gente del pueblo y para el pueblo y dice que está bien matar gente. Así que ¿por qué nos sorprende cuando alguien trastornado que vive en la misma sociedad dice ‘Siento que quiero matar a alguien hoy’? Creo que debemos explorarnos nosotros mismos”, le respondió a un periodista luego de los tiroteos de diciembre de 2012 en la primaria Sandy Hook en Newtown, Connecticut, perpetrado por un joven de 20 años, en la cual murieron 20 niños y seis adultos.

Plomo a discreción

Algunas estadísticas señalan a Venezuela como uno de los países más peligrosos del mundo. En el Índice de Paz Global 2017 elaborado por el Instituto de Economía y Paz (uno de los más serios al respecto) el nuestro está ubicado en el puesto 143, lo cual nos ubica en la escala de “país peligroso”. Estados Unidos está en el puesto 114, por debajo de nosotros pero también dentro de los parámetros de peligrosidad.

Pero aquí, hasta ahora, no ha salido ningún loco armado hasta los dientes a matar a los panas del colegio porque lo miraron mal, porque lo acosaron, porque se lo dictó Marilyn Manson en el fondo subliminal de una canción, porque lo vio en una película o en un videojuego. Hay, ciertamente, otro tipo de violencia que plantea estadísticas terribles pero en otros ámbitos.

Quizás se deba (al menos eso refieren padres, maestros y representantes a la hora de catalogar la actitud del alumnado venezolano promedio) a que aquí andamos más relajados. Podría agregarse, según los estudios de los sociólogos y sicólogos sociales, que somos más solidarios, igualitarios y permisivos, por lo que un “chalequeo” estudiantil puede devenir, eventualmente, en una amistad para toda la vida e incluso un compadrazgo.

No tiene por qué plantearse una relación causal ni imitativa entre lo que pasa en las instalaciones educativas de los Estados Unidos y ningún otro país, incluida Venezuela. Esto, a pesar de que la violencia escolar se ha extendido en las escuelas de casi todo el mundo y cada día es más preocupante. Pero cada lugar tiene sus características y se podría decir, su propio perfil con respecto a esa problemática”, plantea el sicólogo, analista social y profesor universitario Leoncio Barrios.

“Creo que lo primero que hay que decir es que la ideología y la sociedad estadounidense son radicalmente diferentes a las del venezolano. En la sociedad estadounidense existen varias condiciones que permiten que aniden dinámicas heteroagresivas extremas. Por un lado está la incidencia de ideologías como el racismo y la xenofobia. Por otra parte está la tendencia a colocar el derecho a la libertad de expresión en el mismo nivel constitucional que el derecho a tener armas. Un estadounidense racista, o que actúa en general en base a estereotipos negativos, se siente autorizado para expresar su racismo, aparentemente no ha internalizado un rechazo social hacia este tipo de pensamiento lo cual lo hace sentirse validado en su rechazo visceral del otro. Al parecer, no han existido frenos morales suficientes que condenen la negación de la humanidad de otro ser humano, o esta negación al menos se justifica según los intereses de grupo y a partir de la sensación de ser amenazado por grupos raciales o étnicos diferentes”, señala Juan Carlos Ugueto, sicólogo de la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES).

Como él, los especialistas ven en la violencia escolar venezolana otros perfiles.

El año pasado, el asesinato de la estudiante de 18 años, Michelle Longa, a manos de sus compañeras en un liceo de Caricuao, causó alarma. Tenía cuatro meses de embarazo. El 13 de febrero recibió una golpiza de otras tres estudiantes por no haberlas incluido en un trabajo escolar. La joven perdió el conocimiento y fue trasladada al hospital Pérez Carreño, en donde permaneció en coma durante una semana por presentar fractura en la cervical, hasta morir el 20 de febrero.

En aquella oportunidad, las organizaciones no gubernamentales expresaron preocupación por el aumento de los episodios de violencia en el ámbito escolar. Las formas de agresión de los jóvenes -explicaban- estaban migrando del contacto físico, los golpes, a las armas blancas y pistolas.

Marcos Elías Milano, docente y exdirector de plantel educativo, fue testigo de un hecho que conmovió a la ciudad de Guarenas: en el Liceo Nocturno Arístides Calvani, un muchacho entró armado a un salón de clases y asesinó a otro. Eso ocurrió estando el docente y los demás estudiantes escuchando clases y, al parecer, fue un supuesto ajuste de cuenta.

Pero episodios masivos como los de EE.UU. parecen imposibles.

“Yo creo firmemente que en Venezuela difícilmente se reedite una situación similar porque aún quedan valores y suficiente reserva moral que hacen de nuestra sociedad amante de la vida. Puede que en algún momento se dé un caso, pero de seguro será un hecho aislado o puntual”, enfatiza Milano.

La educadora Luisa Sequera, formadora de maestros y maestras, y subdirectora de Postgrado e Investigación de la Universidad Experimental Simón Rodríguez, cree que “la sociedad estadounidense ha creado enfermedades mentales que trascienden en hechos tan lamentables como estas matanzas. En Venezuela estamos lejos de tener situaciones como éstas porque aún somos un país amante de la paz y la solidaridad. Debemos potenciar esos valores con mucha fuerza”.

Para el especialista Leoncio Barrios, las matanzas escolares de Estados Unidos tienen características “espectaculares” en ciertas ocasiones, sumadas a la violencia cotidiana que es más parecida a la nuestra, más individual o en pequeños grupos. “Matanzas en instituciones escolares suelen ser producto de bombardeos en escuelas de países en guerra. Este último es un escenario que no se descarta si se materializara el rumor de una escalada militar extranjera contra Venezuela. De no darse, las matanzas colectivas nacionales seguirán siendo producto de enfrentamientos entre bandas delictivas u operativos de las Fuerzas Armadas y policiales cuando quieren demostrar su poder”.

“La subjetividad del venezolano es muy diferente a la del estadounidense. Los venezolanos sublimamos nuestra ira de una forma muy diferente a como lo hace un estadounidense. La sublimación del venezolano es más jocosa, utiliza el chalequeo, implica la risa, quizá la burla, lo cual para nada significa que esto sea una actitud aceptable, pero sí significa que el repertorio conductual tiene tendencias diferentes a la conducta abiertamente agresiva. Quizás esto parezca paradójico porque la creencia general es que los venezolanos somos más emocionales que los estadounidenses que son considerados más racionales. Sin embargo, creo que nuestra ira no nace de un lugar que niega la presencia de otro por su esencia, no tiene su origen en el racismo ni en la xenofobia, o en otras fuentes que niegan la humanidad en otro. Es más común que experimentemos ira, por ejemplo, a partir de los celos, lo cual da cuenta de la alta incidencia de los crímenes pasionales, sin embargo, tenemos un respeto mínimo por la humanidad del otro que no se pierde aun ante la relativización contemporánea de la verdad y de los valores”, afirma Ugueto.

Barbas en remojo

Nelson Rojas, profesor, licenciado en educación y magister en Gestión y Políticas Culturales de la Universidad Central de Venezuela, advierte que nuestras cuentas no están saldadas en materia de violencia escolar. Queda mucho por hacer y no podemos confiarnos en la distención frente al tema por nuestra aparente cultura de la paz. “cuando uno mete las barbas en remojo, vemos que nos falta preparación, planes, pues cuando la violencia se manifiesta es cuando nos ocupamos debidamente. Es fundamental y urgente impulsar proyectos desde la cultura, nuestros valores y nuestra visión colectiva, y desde la familia y los entornos inmediatos hacerles seguimiento. Y la real participación de los padres y maestros.”

Ugueto, quien se ha desempeñado durante ocho años como psicólogo en servicios estudiantiles a nivel universitario, en la Escuela Venezolana de Planificación y en la UNES, hace una advertencia esclarecedora:

– Nuestra preocupación debería ser de otra naturaleza. Por una parte he escuchado que existe en algunos colegios cierta permisividad hacia la conducta de alumnos con personalidades delictivas, conducta sexual inadecuada, consumo de drogas, peleas, etc. Todo esto está ocurriendo al mismo tiempo que la proliferación en algunos barrios de bandas organizadas que influyen en la cultura de los jóvenes venezolanos, y de la difusión de antivalores en nuevos géneros musicales que generan un estereotipo en el cual la violencia y la tenencia de armas es valorada positivamente. En mi actividad pedagógica con estudiantes de la UNES, provenientes en su mayoría de sectores populares, he corroborado de manera informal la creencia en que ciertas adolescentes se sienten atraídas hacia varones de perfiles agresivos, que portan armas y pertenecen a bandas. Quizás sea para compensar la inseguridad que sienten en los barrios y como resultado de una presión cultural de parte de las nuevas y más organizadas bandas delictivas que buscan validarse en las comunidades donde conviven. Mi intuición y la poca investigación que he hecho en este sentido me lleva a creer en una posibilidad que es digna de preocupación, y es que toda esta glorificación de la violencia en los jóvenes obedezca a una estrategia nada ingenua que forma parte de la dimensión cultural de una guerra no convencional. Es decir, que en mi opinión, aunque esto lo digo con reservas porque es un tema delicado que no se debe afirmar sin tener evidencias más contundentes, las bandas organizadas están tomando control de ciertas barriadas estratégicamente ubicadas en el territorio nacional, y que pueden ser derivadas hacia la violencia con motivos políticos, es decir, para generar inestabilidad social, y para engendrar grupos antagónicos sin posibilidad de diálogo, que recurren a la violencia y a la justificación de la eliminación del enemigo ideológico. A nivel anecdótico he escuchado relatos en Las Minitas (Baruta) de gente chavista que vive con temor porque durante las guarimbas los delincuentes vociferaban que querían matar chavistas. También vale la pena mencionar la violencia dirigida hacia los policías y hacia estudiantes de la UNES que han recibido amenazas y algunos han sido asesinados por ser su decisión de pertenecer a la PNB. Más allá de la evaluación de la probabilidad de que se desencadene una persecución abierta de chavistas, me preocupa una tendencia que agudiza los conflictos ideológicos, y una tendencia a generar niveles de violencia deshumanizada sin precedentes en Venezuela. Aunque la naturaleza de esta violencia no sería espontánea, sino planificada, lo cual no significa que sea menos peligrosa.

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Por Marlon Zambrano / Supuesto Negado