TEORÍA E HISTORIA DE UN AUTOGOLPE

Manual:  ¿Cómo y cuándo tendría lugar un autogolpe? ¿Cómo participar y prepararse para ello?


Según los glosarios de Ciencias Políticas, un autogolpe ocurre cuando un gobierno constitucional asume el poder de un modo inconstitucional. Por ejemplo, si llega el final de su mandato y el Presidente dice: “¿Saben qué?, esto me gusta demasiado, así que me voy a quedar por tiempo indefinido. Se la calan”.

La derecha viene pronosticando –y denunciando– un autogolpe desde diciembre de 1998 hasta el sol de hoy. Pero resulta que el comandante Hugo Chávez nunca dio un paso sin el aval del pueblo, que es la Constitución viva. Y su sucesor, Nicolás Maduro, tampoco. Claro, eso no ha impedido que la derecha haya seguido con la cantaleta del autogolpe. Por ejemplo, cuando el recién juramentado presidente Chávez decretó la convocatoria a referendo para preguntarle al electorado si deseaba o no un proceso constituyente, el adecaje y el copeyanaje, politraumatizados y despechados, no tuvieron mejor idea que decir que aquello era un autogolpe.

Y así hemos pasado estos tres lustros y pico: la derecha tratando de perpetrar un golpe, al tiempo que acusa al gobierno revolucionario de autogolpearse.

… hay quienes dicen que ya el rrrrégimen se dio el autogolpe y que el verdadero jefe del Gobierno es el general tal o el civil cual, que es el jefe verdadero del general tal.”

Valga este preámbulo teórico e histórico para decir que hoy en día el autogolpe sigue siendo un tema de discusión. La derecha, ahora convertida en mayoría parlamentaria, quiere dar un golpe desde la Asamblea Nacional, al estilo Paraguay y, paralelamente, se queja de que los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia son unos autogolpistas. También hay quienes dicen que ya el rrrrégimen se dio el autogolpe y que el verdadero jefe del Gobierno es el general tal o el civil cual, que es el jefe verdadero del general tal. ¿Se entiende?

Uno trata de ponerse en el lugar que una vez tuvo el comandante Chávez y que ahora tiene el camarada Maduro y termina, inevitablemente, pensando en que la vanguardia de la Revolución Bolivariana ha demostrado una vocación democrática que hasta podría calificarse de exagerada. En las circunstancias que Chávez tuvo que enfrentar, y en las que ha enfrentado –y enfrenta– Maduro, cualquier líder hubiese podido sucumbir a la tentación de tomar medidas de fuerza.

No hay que ir demasiado lejos en la historia ni en la geografía. ¿No era acaso una forma de autogolpe la vieja práctica de la suspensión de las garantías constitucionales, tan socorrida en tiempos de la democracia puntofijista? ¿Qué son las leyes patriotas, aprobadas por la autoproclamada superdemocracia estadounidense, más que formas de autogolpe aplicables, para colmo, dentro y fuera de su propio país?

Puestos en el lugar de Chávez y Maduro, muchos de los críticos (tanto del lado opositor como del interno) le habrían dado hace tiempo su buen palo a la lámpara. Habrían dicho: “Ajá, si de todos modos van a decir que violamos los derechos humanos y que somos una dictadura, entonces vamos a darles razones para que lo digan. ¡Tomen lo suyo, canallas!”.

Chávez no lo hizo, ni siquiera en la circunstancia extrema de haber sido víctima de un genuino golpe de Estado mediático-militar, y a pesar de haber logrado lo que casi ningún Presidente derrocado: volver al poder en pocas horas. Hay consenso entre partidarios y detractores en el sentido de que si en lugar del buen muchacho de Sabaneta allí hubiese estado un Rómulo Betancourt o un Carlos Andrés Pérez, el arrase vengativo de los adversarios hubiese sido de proporciones bíblicas. Chávez, en cambio, retornó perdonando y hasta pidiendo perdón, mandó al pueblo alzado para su casa y siguió gobernando apegado a su mandato y a la Carta Magna, mientras la derecha, sin reconocer nunca sus culpas, retornó a las andanzas y apenas unos meses más adelante ya teníamos el circo de la plaza Altamira y el sabotaje petrolero en pleno desarrollo.

… ni Chávez ni Maduro han querido halar la palanca de emergencia del autogolpe, a pesar de que han tenido razones de sobra para hacerlo.”

Maduro, en tanto, ha experimentado los acosos de la coalición interna-externa más destructiva que cualquiera hubiera podido imaginar. Ha enfrentado la violencia organizada y continuada en las calles y ni siquiera ha suspendido las garantías ciudadanas por unas horas. Ha sufrido la peor conspiración de los factores económicos que se haya visto en Latinoamérica desde los años en que “hicieron chillar” a Chile, pero tampoco ha suspendido las garantías económicas, como sí lo hizo la Cuarta República por más de 30 años, tal como lo recordó, oportunamente, el vicepresidente Aristóbulo Istúriz en su reciente comparecencia ante la Asamblea Nacional. En conclusión, ni Chávez ni Maduro han querido halar la palanca de emergencia del autogolpe, a pesar de que han tenido razones de sobra para hacerlo.

Volviendo a los rediles teóricos, se supone que cuando un gobierno es revolucionario y popular, el pueblo mismo puede dar un autogolpe. Digamos que las masas se percatan de que la vanguardia revolucionaria está actuando de una manera conservadora o que no está calibrando con precisión las amenazas que se ciernen sobre el proceso, y entonces se rebela y obliga al liderazgo a asumir la línea dura. Hay que preguntarles a los politólogos para buscar un ejemplo de algo así, pero, de entrada, suena como una fórmula épica –y legítima– de autogolpe.

Se trata del pueblo propinándose a sí mismo el peor de los golpes, que consiste en ponerse a favor de los intereses antipopulares.”

Infortunadamente, otras formas de autogolpe, completamente opuestas a la modalidad anterior, son las que parecen estar en marcha en la actualidad venezolana (y latinoamericana). Se trata del pueblo propinándose a sí mismo el peor de los golpes, que consiste en ponerse a favor de los intereses antipopulares. Lo hemos visto en el plano netamente electoral, con resultados muy perniciosos (tanto en Argentina como acá). Y lo vemos todos los días, con el pueblo convertido en “microcapitalista liberal salvaje”. A cada paso nos topamos con la atorrante realidad del funcionario corrupto de mucha o de poca monta y, sobre todo, con el ciudadano cualquiera convertido en especulador inclemente, dispuesto a despellejar al prójimo con el arma filosa de un kilo de arroz o un paquete de pañales. Esas, sin duda, son las peores caras del autogolpe. Las que, de verdad, nos deben dar pánico.

Clodovaldo Hernández/Supuesto Negado