Top ten de nuestros peores servicios públicos

Servicios públicos

Llega un momento en que uno se abandona. Para bien o para mal, se deja guiar por los instintos y va dando tumbos, resignado frente a los miles de desenlaces del devenir a cuyas fuerzas aleatorias dejas tu destino. Es como cuando uno se deja arrastrar por la multitud del Metro, que te mete y te saca del vagón, te manosea las nalgas, te empuja en el andén muy cerca de la raya amarilla, te vende un bolibomba, el viejito de al lado te pega su sobaco en tu mentón y la morena buenota te restriega las tetas sobre tu espalda.

Llegó para Venezuela la hora de las grandes definiciones: o te bañas, o asumes salir a la calle piche; o pagas con efectivo un platanito callejero, o te devuelves a tu casa –a 33 kilómetros– a patica; o te ensalmas para que haya luz cuando llegues a casa luego de un agotador día de trabajo, o te conformas con reunirte en familia al calor de una vela, mirando a las estrellas y mentando madre.

Por eso, para que el tránsito sea más llevadero mientras sigues optimista como músico del Titanic, he aquí un mínimo ensayo al voleo de un decálogo dictado por la inercia en caída libre, para sobrevivir frente a la deficiencia de los servicios públicos en medio de la guerra económica y el desnalgue generalizado.

1.- Agua

El comandante supremo, hace unos años atrás en uno de esos trances premonitorios a los que nos tenía acostumbrados, advirtió que debíamos aprender a bañarnos con totuma. La gente lo tomó a chiste y a estas alturas, sin la lección aprendida, hemos debido asimilar la ducha con dos o tres dosis de gotero. Aplique técnicas de supervivencia: almacene en cuanto pipote, frasco, recipiente, dedal, vasito de chute tenga a la mano, hasta cuando el dios todopoderoso de las aguas (Poseidón, Oshun, o el presidente de Hidrocapital) nos mande un piadoso chorrito. Si finalmente el agua no llega más nunca y lo que pudo almacenar ya se agotó, no pasa nada, sencillamente salga sin bañarse y no se lave, no aspire a tanto. Tome en cuenta que así se acerca más a la esencia, a los orígenes, al albor de la especie. Además, tiene el consuelo de que los demás estarán como usted, hediondos.

2.- Metro

484 millones de seres humanos al año trasporta el Metro de Caracas. Esa cantidad, con los incrementos interdiarios del precio del pasaje terrestre urbano, debe haberse duplicado. En todo caso, las condiciones de este servicio se han hecho tan paupérrimas que, como digo al inicio, es preferible entrar con los ojos cerrados al subterráneo y dejarse llevar por la multitud. No se angustie por los retrasos, las escaleras mecánicas inservibles, los torniquetes partidos o simplemente inhabilitados, la ausencia de los operadores y supervisores en las casetas de entrada, los vagones mugrientos y el ajetreo en las catacumbas de la ciudad. Entréguese en cuerpo y alma a la flojedad, abandónese a “la insoportable levedad del ser” como Kundera y permita que la masa decida por usted. No hay mayor ejercicio democrático y usted no sabe en qué terminará tan maravillosa aventura. Haga turismo visual: si es varón, vea culos y tetas a discreción porque allá abajo, amuñuñado, es imposible no hacerlo. Si es mujer, juguetee con la lengua, chismee, hurgue en la vida ajena. No hacerlo entre esa multitud, sería un pecado.

3.- Transporte público

Este servicio (jajajajaja, permítaseme la carcajada en primera persona) es un clásico moderno. Probablemente sea uno de los históricamente más caóticos de nuestras ciudades, desde la cuarta hasta la quinta república, y entrenando para la sexta. Los autobuseros son dueños del asfalto, amos de la anarquía y maestros de la viveza y la trampa (con mínimas excepciones). En la camionetica usted está expuesto a robos, maltrato, coñazos, guarimbas, trancas, manifestaciones y últimamente aumentos a capricho de la directiva de la línea, del chofer, del colector y del vendedor de tostoncitos. Una vez montado, sentado, guindado del pasamanos o flotando en una de las puertas, hágase el guevón. Permita que el viento golpee libremente su rostro y le devuelva la sonrisa así sea forzada, disfrute del smog y la velocidad de los choferes, coree a todo gañote alguno de los infaltables éxitos de Paquito Guzmán o Frankie Ruiz y si nadie lo ve, sea más malandro que esos bichos: bájese sin pagar.

4.- Banca electrónica

La riqueza de la lengua de Cervantes y los infinitos matices verbales del venezolano, permiten dedicarle algunas florituras a este apartado cada vez con mayor frecuencia: “el coño de su madre”, “malaya sea”, “la madre que los parió” y así, cada vez que tiene que pagar un servicio, hacer una transferencia (que se ha hecho imprescindible por la falta de efectivo), prestarle a un pana o mandarle platica a la mamá, a través de esa ruta salvaje y pendular que llaman “on line”. Hay quienes se esfuerzan y madrugan para alcanzar a hacer los movimientos a través de la banca electrónica antes de que la plataforma colapse con la gente revisando a ver si ya se hizo efectivo el bono. Otros simplemente no duermen, intentándolo una y otra vez mientras un cartelito digital te cachetea diciendo que “por motivos ajenos a nuestra voluntad, todos nuestros servicios electrónicos están temporalmente suspendidos…”. Deje de ser mal hijo: llévele los reales a la vieja en persona y dele un gran abrazo, que si no es por estas cosas más nunca la ve.

5.- Efectivo

Íntimamente relacionado con el renglón anterior, es perfectamente mutable, es decir, todo lo que quiera emprender vía digital debería poder hacerlo por la vía física, pero se ha vuelto igualmente imposible. Que la banca te permita –por cajero– extraer dinero contante y sonante, no solo es un milagro, sino que se ha convertido en una de las peregrinaciones más emotivas del país, incluso más que las devocionales dedicadas a la Virgen de la Divina Pastora o de La Chinita. Ante el colapso de este servicio que hasta hace poco era más normal que beber birra en una esquina (que también se volvió anormal), quien tenga billetes se ha convertido en un bello ejemplar, apetecido por las vastas mayorías codiciosas que ya no se fijan en el físico, sino en el fajo. Consuelo de los feos y las feas, aproveche y no se peine más, no malgaste la plata en peluquería ni en champú, deje brotar la barriga cervecera, olvídese de cremas para el cutis, que las uñas le broten como hiena, no intente hacer deportes para ponerse en forma, no compre más ropa a la moda que haga juego con el color de sus ojos, y deje de esforzarse en esa agotadora carrera por la estética y la vanidad. Consiga un manojo de billetes (si son del nuevo cono monetario mejor) y exhíbalo con descaro y alevosía. Le lloverán amantes.

6.- Aseo urbano

Parece haberse establecido una relación viciosa entre la basura y las ciudades con su consiguiente tribu de colectores de restos alimenticios (esto es un decir), montañas de basura perfilando el paisaje de las aceras, y los pocos camiones que sobreviven, circulando abiertamente por las calles donde dejan restos de mierda y líquido pichacoso. Es otro de nuestros clásicos urbanos: un servicio público probadamente ineficiente que con cada votación regional o municipal recibe toda la atención de las promesas electorales que por 60 años han ido a parar, justamente, a la basura. Pare de sufrir: como usted ya huele mal porque no se ha bañado, pase de largo sonriente y zigzagueante entre los promontorios de basura que pasan meses fermentándose en cualquier cuadrante urbano. Aplique también la norma esencial del apartado número 3: cierre los ojos y haga como que no está pasando nada.

7.- Telefonía fija y móvil

La pregunta es: ¿en medio de este caos, para qué quiere comunicarse? Debería darle gracias a Dios que se queda sin señal (móvil o fija) cada dos por tres, y se adentra en un limbo analgésico sin saber más nada de nada, evitando con ello el estrés. Las empresas de telecomunicaciones públicas (Cantv y Movilnet) y privadas que prestan tan recurrido servicio, mantienen una dura competencia para ver quién la caga mejor. Las tarjetas de recarga brillan por su ausencia, la señal también, los servicios postpago se bloquean, las llamadas internacionales se han reducido a su mínima expresión y los costos viven una carrera espeluznante que ponen a temblar al ya derrotado bolsillo del usuario, cada vez que asiste a conocer nuevos precios. No importa, dedique un poco de esfuerzo a desarrollar poderes psíquicos que nunca vienen mal para ejercitar el cerebro y contener el alzhéimer. Comuníquese a través de sueños o por telepatía, tome en cuenta que así no lo podrán pinchar y podrá hablar mal del gobierno y de la oposición con más comodidad. Si no, intente el lenguaje de señas como hizo el presidente y parte de su tren ministerial en un esfuerzo sobrehumano para comunicarse de cualquier manera con el pueblo. Finalmente, al menos por ahora, siempre nos quedará el WhatsApp.

8.- Luz

Es, parafraseando a los poetas, como un parpadeo de Dios. Cada vez que se va la luz uno queda flotando en un estado esencial, fuera del tiempo y el espacio, mientras se escoñetan todos los equipos eléctricos del hogar sin que ningún organismo asuma su responsabilidad. Desde que una iguana, un zamuro y cualquier partisano de la fauna silvestre se encargó de vulnerar el sistema eléctrico nacional, quedamos a expensas de las fuerzas enigmáticas de los arcanos para disfrutar de un placer urbano tan elemental como es la energía eléctrica. Luego se hallaron otros terroristas tristemente adheridos a torres de alta tensión, electrocutados tras insistir en esa escalada de saboteo que no nos da sosiego. Lo cierto es que la luz, en la Venezuela de la segunda década del siglo XXI, es un milagro tan azaroso que hay extensas regiones del país que ya no conocen sus efectos artificiales de iluminación y permanecen en la oscurana. Pero piense que no tener luz le garantiza una montaña rusa de emociones: en la calle usted quedará a expensas de la aventura extrema, desde quedarse atrapado en el Metro y reeditar alguna película apocalíptica que habla del fin del mundo en medio de la ciudad, hasta recibir el zarpazo de la penumbra en plena faena laboral, con lo que garantiza desentenderse de su empleo por largas horas. Tenga siempre una vela o velón a la mano, y ya a oscuras, enciéndalo y cáigale a la jeva de la chamba que se sienta tres puestos más allá y que la lleva pendiente desde hace tiempo: con esa estampa tornasolada lucirá siempre romántico y ya puestos en medio de la opacidad, es posible que se deje seducir. Aproveche y dedíquese a ver las estrellas sin el resplandor lumínico del alumbrado público. Una verdadera aventura: verá constelaciones, planetas y un montón de estrellas fugaces. Aproveche de pedir muchos deseos.

9.- Gas

Así como durante el “caracazo” vi a una abuelita de 97 años remontar una calle empinada con una nevera de dos puertas sobre sus hombros, así he visto a viejos, niños y medianos acarrear las bombonas de gas doméstico en un itinerario frenético de puntos de servicio donde intentan reponer este servicio vital, sin éxito. Las colas suelen ser interminables y tardar horas en disolverse, en esa lógica de fila india a la que nos ha sometido la crisis en todos sus ramajes. No es difícil ver interactuar columnas de tres cabezas para distintos fines, que han devenido en espacios de socialización de donde han surgido varios noviazgos contrariados y amistades infinitas a través de los caminos que se cruzan entre el pago de servicios, la compra de pan y la revisión de la cuenta del banco a ver si “cayó el bicho”, o sea, Maduro transfirió el bono. No hay gas, no cocine, o cocine a la leña. Coma crudo, o no coma, no se preocupe por cosas triviales y mundanas. No solo está contribuyendo a impedir la destrucción de nuestro subsuelo, sino que está evitando el deterioro de la capa de ozono y volviendo a las formas naturales de la vida, asistiendo a los olores básicos de la comida en descomposición como nuestros antepasados, y tallando su cuerpo hasta el nivel ideal de peso, y mucho más allá. Burda de bucólico.

10.- Atención al público

Es uno de los retos más emocionantes en la dura lucha por seguir siendo gente y no convertirse en animal y acabar despescuezando a alguien. Los servidores públicos son, por regla general, unos pequeños tiranos que han hecho del engranaje institucional un artificio de relojería, imposible y misterioso, con capacidad implosiva, pues al ser los que dan la cara frente al público en torno a la gestión de gobierno, han logrado desacreditar hasta el hartazgo los logros de la revolución bolivariana. Hacer un trámite obligatorio es una carrera infernal en los vericuetos del absurdo normativo, el retraso incomprensible, las exigencias inhumanas, el maltrato burocrático. Si usted necesita sacar la cédula, el pasaporte, buscar una solvencia, carta de buena conducta, apostillar, registrar, o visitar a su mujer que trabaja en el ministerio tal, olvídese de orgullo y ética y toda esa paja loca que está tan mal vista en nuestra sociedad cómplice: jale bolas a mansalva, floree las uñas postizas de la secretaria, llévele un toronto a la recepcionista y exalte la solvencia estética de sus bustos de silicona; juéguese una ronda de piedra, papel o tijera con el vigilante para que lo deje entrar, y armonice con el entorno ineficiente de esos maestros del disimulo. Y si logra al final una cita impostergable, no vaya ese día y ríase con ganas.

PD: Para dar testimonio fiel a nuestra prédica, certificando la veracidad de este decálogo, la redacción de este texto se hizo en medio de 3 apagones consecutivos, el servicio intermitente de internet y sin agua ni para lavarnos un ojo, con lo que comprobamos que no siempre lo que escribimos es paja. Eso sí, aplique estas sencillas normas y verá como adquiere otra visión frente a la adversidad.

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Por Marlon Zambrano / Supuesto Negado