LA INFAMIA DE LLAMARSE TRUMP

En los Estados Unidos es bien sabido que Donald Trump no es uno de los grandes capitalistas de la historia de ese país, y está bien lejos de serlo. Ni por la magnitud de su fortuna ni por la importancia de sus negocios se le puede comparar con un Rockefeller, un Thomas Alva Edison, un Ted Turner o un Bill Gates. Y, sin embargo, se ha convertido en el empresario más conocido de los EE.UU., donde está a punto de hacer una inquietante y peligrosa toma del poder. ¿Cómo? ¿Por qué? Parece haber acuerdo en que su ascenso se debe a su talento para las relaciones públicas y, en particular, para hacer de sí mismo una marca.

Hijo del millonario Fred Trump, uno de los hombres más ricos en los bienes raíces, no tuvo precisamente un comienzo difícil: educación esmerada, riquezas y conexiones  de su padre, y el crédito que los bancos estaban dispuestos a dar a alguien con el nombre Trump. La publicación  BusinessWeek estima que solo poniendo en un fondo los 100 millones que Donald había hecho en 1978, a la sombra de su padre, tendría para este año unos seis mil millones de dólares. Sin embargo, no es que Donald careciera de talento para las bienes raíces, un negocio que se basa en comprar una propiedad, valorizarla y luego obtener ganancias de ella revendiéndola o extrayéndole rentas. En medio del capitalismo salvaje de los años ochenta, adquirió propiedades en Manhattan y en otras zonas financieras de ciudades como Chicago, con gran habilidad invirtió en construcciones que sabía le darían grandes dividendos. No hacía falta inventar nada y, ni siquiera, robar los inventos de otros, no hacía falta crear un nuevo modelo de negocios, simplemente tener las conexiones adecuadas, los capitales y los créditos y también  la inteligencia para saber dónde invertir.

Se benefició de las desregulaciones, del capitalismo de la destrucción que demuele las ciudades y las hace cada vez más costosas para poder reconstruirlas más caras, de sus extensos vínculos con el crimen organizado, de la explotación de mano de obra inmigrante, y en medio de bancarrotas, como la del casino Taj Mahal, también de la clemencia infinita del capitalismo financiero con los negocios que son “demasiado grandes para caer”. También tuvo una breve carrera como slum landlord o “terrateniente de tugurios”, y fue demandado por alquilar casas que eran inseguras o antihigiénicas. Pero la verdad es que en ninguna de estas aventuras fue más dañino o exitoso que otros capitalistas de su época y, acaso, menos que otros.

Es que en el terreno donde ha sido más exitoso es también donde ha sido más dañino: el de la cultura y la publicidad. Como todo capitalista, ha tratado de diversificar su portafolio, pero sus incursiones en otros negocios como el deporte, han sido malas. Los negocios en los que fue más exitoso fueron los relacionados con la publicidad y el espectáculo: sus adquisiciones del Miss USA y del Miss Universo, la transformación prodigiosa de su apellido en una marca que abarca todo tipo de productos, desde torres, hoteles, vinos, un reality show hasta una “universidad”; productos de alta gama, que generan millones de dólares al año sin tener otra virtud que llevar la marca “Trump”, es decir, uno de los nombres más infames de su país y del mundo.

Es que ser vulgar, inculto, misógino, grosero, racista, narcisista, desagradable a la vista y al oído, es su capital cultural, es la base de su fama y del reconocimiento de su marca. Que la fama es capital se sabía desde hacía mucho, pero antes de las Kardashians y Paris Hilton,  Trump mostró que la infamia es un capital mucho más rentable que la fama, y la base más sencilla para construir una marca. Con su campaña presidencial, Trump culmina de construir esa marca que es la obra de su vida: el “feo americano” -el trabajador blanco, que cada vez gana menos,  receloso de los inmigrantes, de las mujeres, de los musulmanes, de los terroristas, de los que hablan del calentamiento global, empobrecido y postergado- descubre que Trump, el magnate, comparte sus recelos, sus prejuicios, sus taras, que la presidencia de Trump significa la promesa de una época en que se podrá ser parte del mundo de Donald Trump: un mundo donde, por fin, hay trabajos bien pagados, pero expulsando a los inmigrantes; donde hay paz, pero recluyendo a los musulmanes; donde los Presidentes no gobiernan para los ricos lobbistas, solo porque un rico lobbista es el Presidente.

Y en hacer deseable ese mundo, no es solo en lo que Trump destaca sobre cualquier otro, es también su legado y el mayor daño que Trump ha hecho nunca.

Supuesto Negado