Debilidades de la izquierda brasileña que la ultraderecha aprovechó

Bolsonaro

Como se temía Jair Bolsonaro, candidato de ultraderecha brasileño, es el nuevo presidente de este país.

El hecho ya es bastante grave dado el tamaño e importancia de Brasil, pero es parte de un patrón que ha llevado al poder a figuras como Macri, Duque y Piñera. Fuera de América Latina la victoria de Trump parece indicar un cuadro más amplio y preocupante.

Pareciera que hay una reacción directa y opuesta a los avances de la izquierda desde 2014.

Esto hace que ya muchos se pregunten qué es lo que ha hecho tan populares a candidatos como Trump, Duque y Bolsonaro ¿Qué hacen mejor que los candidatos de izquierda?.

Pero tal vez la respuesta es más sencilla: no es que hacen nada mejor es que explotan las debilidades de la izquierda.

Si es así, ¿cuáles son esas debilidades?

Desgaste y descontento

Venezuela no es el único país donde el “ciclo progresista” lleva décadas. Este inició ya desde 2002 y en ningún lugar ha durado menos de diez años o dos periodos de gobierno. Inevitablemente se ha generado un desgaste debido a esas largas gestiones y, en algunos casos, deseo de alternabilidad en el poder debido a que la izquierda sudamericana, en casi todos los casos, dependía de liderazgos personales y carismáticos.

Así, los gobiernos empiezan a ser vistos como causa de problemas –y problemas en sí– más que soluciones. También ocurre que la gente empieza a ver la alternabilidad en el poder como una cuestión importante en sí misma dada que las mismas caras, apellidos o siglas se han mantenido en el poder por un tiempo considerable.

Ausencia de cambios reales o sostenibles

Las explicaciones que la misma izquierda da para sus retrocesos en la mayoría de los casos son conspirativas o “estructuralistas”, es decir, la derrota se debe a la estrategia de un enemigo inescrupuloso o a un cambio en las condiciones como la caída de los precios de las materias primas.

Casi nunca se discuten responsabilidades o errores y, a consecuencia, es muy difícil cambiar la manera de actuar.

Esas explicaciones son problemáticas porque no dicen cuáles fueron las estrategias que llevaron al enemigo a vencer –o qué se pudo haber hecho para evitarlo– ni tampoco cómo es que las viejas estructuras siguen existiendo.

Y en efecto, pese a los logros y avances de los gobiernos de la “Ola Rosada” solo dos, Bolivia y Uruguay, parecen haber superado sin problemas los conflictos y los vaivenes económicos.

Pero pese a los logros y avances de la década progresista si vamos a ver finalmente tenemos países que todavía tienen mucha pobreza, muchos problemas sociales que siguen dependiendo de las materias primas para sostenerse. No parecen haberse dado ni revoluciones ni reformas sostenibles y capaces de mantenerse en el tiempo: en lo que cambia el gobierno todo se desploma y veces antes.

Los candidatos de derecha han usado esto para darle la vuelta al discurso y presentarse como ellos mismos como “agentes del cambio”.

Lo curioso es que la misma pervivencia del machismo, del racismo, de todo tipo de conservatismos demuestra que también, a nivel subjetivo, poco cambió a pesar de las constantes campañas y propagandas.

O tal vez no cambió justamente por eso.

Falta de alternativas

Lo común a estos países es que tenemos una izquierda favorable a la intervención estatal y las políticas sociales enfrentada a una derecha neoliberal usualmente con un discurso anti-comunista. La primera suele concentrarse en torno al mismo partido y los mismos líderes y la segunda responde haciendo lo mismo, de hecho, allí donde logra posicionar una contrafigura como Macri o Bolsonaro es donde son más exitosos.

Probablemente el caso más extremo es Argentina, donde cada cierto tiempo se suceden gobiernos con políticas estatistas o neoliberales que deshacen lo que hicieron los anteriores.

Las políticas y propuestas, por demás, permanecen muy estables en el tiempo. Todo se reduce a privatizar o estatizar a gastar más o gastar menos y se ven pocas propuestas para diversificar la economía o resolver problemas como la violencia social o la crisis ecológica. A los partidos de la izquierda se les hace difícil renovar las caras o cambiar sus políticas.

Los candidatos alternativos de izquierda a veces son bombardeados por los partidos de izquierda en el poder pero también, como Gomes y Silva en Brasil, parecen poco capaces de adaptarse a las circunstancias.

Además en los sistemas presidencialistas latinoamericanos es muy complicado sacar partidos nuevos adelante a diferencia de Europa, donde para bien o para mal, han ido surgiendo fuerzas nuevas en Italia, España y Francia.

Así, sin más opciones de “cambio” que la derecha mucha gente sigue ese camino.

Sectarismo y posiciones binarias

En este contexto es común que, en partidos y organizaciones de izquierda, cualquier forma de diferencia sea vista con hostilidad. Excepto en Bolivia donde el gobierno de Morales ha mantenido una relación problemática pero abierta con indígenas y otros movimientos de base, la relación de las dirigencias con las bases y los disidentes ha sido muy difícil.

En los últimos años, por ejemplo, Lula ha sido objeto de un endiosamiento que no ocurría en sus primeros años de gobierno. Hacer alianzas y hablar con gente independiente se hace muy difícil porque se mira con desconfianza al que no da apoyo incondicional. Esto ha sido claro respecto a problemas como corrupción, violencia, ecología, crisis económica: que son vistos como “argumentos de la derecha” y desechados, es decir, ha hecho más difícil procesar las críticas, denuncias, las inquietudes de la gente y, por supuesto, complica también el surgimiento de nuevos liderazgos.

Los candidatos de derecha aprovechan esto usando este mismo lenguaje pero contra la izquierda.

Abandono de temas claves

Hasta hace pocos meses tanto en Venezuela como en Argentina militantes e intelectuales de izquierda han dicho frases como “la lucha contra la corrupción es la lucha contra la democracia” que nadie en la calle entendería. ¿Cómo luchar contra la corrupción afecta la democracia?

Es que la cerrazón de partidos y organizaciones de izquierda a pensar ciertos problemas ha abierto la puerta para que, en esencia, lo hagan los de derecha.

El caso más notable es el de la corrupción que, cómodamente, ha sido atribuida a partidos de izquierda y que ha sido un factor clave en la victoria de Bolsonaro.

Pero no se puede olvidar la violencia social que, por mucho tiempo, la izquierda subestimó o atribuyó a la mala distribución del ingreso (en Venezuela incluso vimos cierta glorificación del crimen por la izquierda mientras la gente en la calle lo repudiaba). Privada de políticas adecuadas para combatirla o repitió las meramente represivas de la derecha (OLP, ocupaciones de favelas) o ignoró el problema dándole, una vez más, armas a candidatos como Duque y Bolsonaro.

El problema es doble porque no se trata de una profunda desconexión con la gente en la calle (la frase “la lucha contra la corrupción es la lucha contra la democracia” solo la dice alguien que vive en su propio planeta) sino una inflexibilidad que impide irse adaptando a los nuevos problemas, las nuevas sensibilidades y formas de pensar.

Parece que ha sido convirtiendo las debilidades de la izquierda en oportunidades como la derecha ha conseguido tantos triunfos seguidos con tan poco esfuerzo.

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Por Fabio Zuluaga / Supuesto Negado