UNA CRISIS SIN CAMPAÑA INTERNACIONAL

Lo peor que le pudo pasar a los empleados públicos fue recibir tres días feriados más. Eduardo Febres  lo explica.


Cuando ser funcionario público traía más beneficios que sacrificios, era muy difícil distinguir, incluso en el fuero individual, cuánto había de enchufado y cuánto de abnegado en cada uno. Ahora la tabla salarial parece que inclina la balanza hacia lo segundo, de donde brota una tercera opción, que es el resignado.

Pero además hoy, si alguien quiere hacer una reducción abrupta de personal en el sector público no tiene que salirse de la nomenclatura chavista. Puede comenzar la razzia razonando a partir de lo que dijo Aristóbulo Istúriz en abril de este año: “miércoles, jueves y viernes no se laborará en el sector público a excepción de aquellas tareas que son fundamentales, que son necesarias”.

La medida insólita de ahorro energético funcionó, contra todo pronóstico y toda comidilla. Y también fijó un precedente para todos los que trabajaron dos días a la semana esos meses: dándole a las palabras el peso que han perdido, puede darse por decretado que sus tareas no son fundamentales ni necesarias. Y dándole el peso a los hechos, todos ellos duermen sabiendo que si mañana llaman a una huelga junto a todos los que están en su misma categoría (¿un millón y medio de trabajadores?), el país puede seguir su curso sin sobresaltos, como mínimo a corto y mediano plazo.

¿Quiénes son y qué hacen estas personas que recibieron del Gobierno bolivariano un preaviso de prescindibilidad?

No hay una foto grande, más que el resultado de restarle a los 2,5 millones de empleados públicos que hay en total, los que están en los sectores que no dejaron de trabajar (agua, alimentos, medicina, de Misión Vivienda, petróleo, electricidad, seguridad y la categoría política un poco más vaga de lo que no puede interrumpirse por “razones de interés público, razones técnicas o circunstancias eventuales”).

En la foto pequeña, son las ausencias que cada uno notó en el tiempo de administración pública con varios motores apagados. En mi caso:

  1. a) El tipo que atiende el reclamo de mi novia por su liquidación después de  un año de renunciar al Sistema Nacional de Orquestas (igual tranquila que eso tarda mínimo tres años).
  2. b) La oficina donde mi papá tiene que ir a reclamar su pensión de vejez en el Seguro Social (igual tranquilo, que eso no sale tan rápido).
  3. c) Las oficinas del CELARG donde se hacían las reuniones para la beca de investigación que me gané en marzo (igual tranquilo, que no hay presupuesto para pagarla).
  4. d) Las oficinas donde trabajan mis amigos que hacen libros (igual tranquilo, que no hay plata para imprimir).

Parece que si nos quitan a esos trabajadores, poco pasaría más allá del deterioro invisibilizado, y las desgracias individuales y familiares. Como con el hambre, las medicinas y la violencia criminal, pero sin campaña internacional para defendernos.