LOS VENEZOLANOS EN EL EXTERIOR

Clodovaldo Hernández reflexiona sobre el aumento de las exportaciones no tradicionales: lavaplatos, choros, prepagos, corruptos, hijos de papá y demás.


Se van a quedar sin mí. Una parte de los venezolanos que se van, despegan desde el territorio de la arrogancia. Producto de un autoconcepto muy elevado o de los mimos de los padres, algunos jóvenes (e, incluso, unos no tan jóvenes) están convencidos de que son únicos e irrepetibles. Piensan que permanecer en Venezuela es hacerle un favor que el país no se merece. Están convencidos de que cuando se declaren agentes libres, lloverán sobre ellos las ofertas de grandes corporaciones, instituciones y gobiernos. Literalmente, todo el mundo querrá apoderarse de su inconmensurable talento. A veces ocurre así (¡bravo por el compatriota!), pero en la generalidad de los casos, el aterrizaje es forzoso, de platanazo y sin anestesia, y vuelven a la patria apocados y humildes, como pollos mojados.

Carne propia. Uno se burla de los que se quieren “ir demasiado” hasta que una persona querida expresa el mismo deseo. Entonces, qué remedio, hay que buscarle una explicación sociológica al fenómeno y prepararse para afrontar el guayabo.

Balance del venezolano como inmigrante. En algunos países tenemos reputación de estafadores de cuello blanco, empresarios sanguijuelas y corruptores de funcionarios públicos. En otros, nos conocen como delincuentes comunes. En ciertas latitudes, se nos considera trabajadores demasiado protestones, un peligro de contagio para los nacionales dóciles y serviles. Y en otras, por el contrario, estamos en el grupo de los que aceptan salarios miserables porque están muertos de hambre. No está fácil emigrar con semejante fardo de malas famas a cuestas.

Exportaciones no tradicionales. Antes exportábamos mujeres bonitas, peloteros de gran talento y corruptos multimillonarios en huida. Después nos convertimos en exportadores de supuestos exiliados, perseguidos políticos, prófugos de la justicia y habladores de pendejadas contra el gobierno. Ahora exportamos todo eso más estudiantes, profesionales recién graduados, profesionales con experiencia, muchachas prepago, aventureros, desesperados y choros. Y después dicen que no han crecido las exportaciones no tradicionales.

El chavismo también se va demasiado. Toda familia chavista tiene al menos a un miembro ido o con ganas (y a punto) de irse. Entonces, aparte de la tristeza por la ausencia, hay que calarse el bullying escuálido (“Ajá, ¿y por qué no se queda disfrutando de la revolución bonita, ah, ah, ah?”).

De cualquier modo, pal’ cuartico. En Estados Unidos interrogan a los venezolanos que llegan a los aeropuertos sobre si acá viven con miedo. Si dicen que sí, los pasan pal’ cuartico (con los cancerberos de inmigración), pues se sospecha que van allá con intención de quedarse ilegalmente en busca de paz y tranquilidad. Si dicen que no, también los pasan pal’ cuartico porque han de ser chavistas, es decir, potenciales terroristas. Después de un montón de horas en el cuartico, a algunos los meten presos y a otros los deportan. Es la pesadilla americana, después no diga que no le advirtieron.

En dos platos. Un venezolano de clase media alta puede llegar a la adultez sin haber lavado nunca un plato (roto sí, varios, pero lavado no, ninguno), pues eso es cosa de cachifas y amas de llaves. Muchos se han negado a aceptar trabajos acá por no estar acordes a su nivel (profesional universitario, bilingüe, hijo de papá). Pero en Estados Unidos o Europa “se les abre la mente” (así dicen) y son capaces de aceptar una chamba hasta fregando “corotos” en un restaurant. Claro, como en el genial merengue El norte es una quimera, vuelven diciendo que allá eran plateros. ¡Qué atrocidad!

clodoher@yahoo.com