¿Cómo están haciendo los venezolanos pobres para resistir la crisis económica?

Sobrevivir en medio de una pandemia y de su crisis económica asociada es un reto cuya complejidad aumenta cada día, especialmente para quienes no disponen de ahorros ni de un salario fijo.

Paradójicamente, los venezolanos de diversos estratos sociales, en especial los más pobres, enfrentan la situación con los recursos que les ha dado una larga experiencia en sufrimiento económico. Tienen posgrado en eso que popularmente se llama “aguantar la pela” y que se ha revelado como toda una ciencia.

La cuarentena, el distanciamiento social y los problemas de transporte afectan a casi todos, pero causan peores estragos a quienes se ganan la vida con oficios que implican contacto cercano con otras personas. Por ejemplo, la gente del ámbito de la peluquería. 

José Gutiérrez, un barbero con más de 40 años de actividades y una nutrida clientela, lo expresa en términos dramáticos, aunque con un toque de chanza. “Los barberos estamos jodidos porque ¿cómo le cortas el cabello a alguien que lleve puesta una mascarilla, estando tú, con guantes, a metro y medio de distancia? Ni que uno fuera el Hombre Elástico”.

Asegura que, como casi todos los barberos y peluqueros, vive al día, por lo que el paso de estas semanas sin laborar lo ha ido ahorcando, especialmente por el desproporcionado aumento de los precios de todos los productos de primera necesidad. Por ello ha sentido la tentación de reanudar de alguna forma su actividad, pero se ha abstenido, no solo porque está prohibido, sino también porque le da miedo. “Estoy informado y sé que la gente puede estar contagiada sin tener síntomas, así que cualquiera te lo puede pegar, aunque no tenga ni moquillo. ¡Zape, gato!”, dice.

Gutiérrez comenta que otras personas de ese ramo sí están atendiendo a sus clientes a domicilio. Por ejemplo, una peluquera llamada Maribel, llama a sus clientas para saludarlas y preguntarles cómo les ha ido en la cuarentena. Si en la conversación surge la oportunidad, les dice que ella puede hacerles un corte de emergencia en casa, con las debidas precauciones sanitarias.

Barberos y peluqueros están, por cierto, preocupados porque muchas gente desesperada se está cortando el cabello por su propia cuenta o poniéndose en manos de familiares. “Nosotros vamos a tener que arreglar muchos desastres cuando esto pase”, afirma Gutiérrez, de nuevo con visión humorística.

Empleos precarios en suspenso

Aunque el gobierno nacional adoptó desde un principio medidas para evitar los despidos y garantizar el pago de salarios, esta protección solo ampara a los trabajadores con empleos dotados de alguna formalidad. Pero, en los tiempos que corren, muchas relaciones laborales son precarias.

Dora Rinaldi, por ejemplo, es una jubilada que venía redondeando sus ingresos mediante la entrega a domicilio de accesorios para celulares, pero por los momentos, la empresa (que no es tal, sino una persona natural, “una emprendedora”) ha paralizado las ventas. Por fortuna, la hija de Rinaldi tiene un salario fijo y no ha dejado de recibirlo.

También hay casos como el del mesonero Anderson Torres, quien venía experimentando una etapa de cierta prosperidad porque sus jefes le pagaban el salario mínimo nacional en bolívares y un bono en dólares que, desde que se inició la cuarentena, ha dejado de fluir. Obviamente, las obligaciones de la empresa llegan hasta el salario nominal.

Sectores paralizados

Toda la sociedad está afectada por la situación planteada, pero algunos sectores lo sufren con mucha mayor intensidad. Por ejemplo, todos los que trabajan en actividades vinculadas al turismo y el ocio. Toda la franja costera del país ha sufrido los efectos, en particular por el cero absoluto de la temporada de Semana Santa, una de las más importantes del año.

En Margarita la situación ya estaba mal, pero se puso indescriptiblemente peor luego de que la isla se convirtiera en el foco más severo del país en materia de Covid-19. Las familias que viven de las temporadas vacacionales (Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares y Navidad) tienen una perspectiva sombría por delante porque se prevé que la parálisis abarcará el resto del año. “Esto nos corta también los tours de brasileños, que últimamente nos habían salvado el año”, dice un pequeño empresario del hospedaje, quien, para colmo de males, resultó contagiado (aunque está asintomático) en la ola generada por la academia de béisbol de Pedro González.

La mayor parte de esos brasileños que visitaron Margarita hasta principios de 2020, por cierto, procedían de Manaos y Boa Vista, al norte, cerca de la frontera, una de las zonas peor azotadas por la pandemia en el país vecino, de modo que cuando retornen a la isla tendrán que tomarse precauciones adicionales respecto a ellos.

Muy golpeados están también todos los que dependen de las fiestas, incluyendo músicos, dj y animadores. Rosa Jiménez, por ejemplo, completa su salario trabajando como payasita en fiestas infantiles y, por supuesto, ya va para dos meses sin esa ayuda adicional.

En el barrio, la vida continúa

Quienes viven la cuarentena y el distanciamiento social en las zonas más formales de Caracas pueden tener una idea errada de lo que pasa en los barrios, donde la vida transcurre un poco más cerca de la normalidad. Así lo ve Ana Peraza, quien reside en La Vega. “Bueno aquí en el barrio, los negocios  siguen con sus ventas habituales y el movimiento es normal, claro, con los precios por las nubes y solo hasta mediodía porque ese es el permiso que tienen de las autoridades”.

¿Cómo sobrevive la gente? Pues, más o menos de la misma manera que lo ha hecho en años anteriores con desabastecimiento, falta de efectivo, hiperinflación y apagones. “Los buhoneros no han dejado de salir a vender que si café, cigarros, entre otros –dice Peraza-. Los abuelitos sobreviven con la pensión y  con los bonos del Sistema Patria, pero han tenido que disminuir su alimentación porque no les alcanza para casi nada. Los empleados públicos  se resuelven con el sueldo, los bonos y con los rebusques, vendiendo quesos, masa para pastelitos o cualquier cosa que tenga salida”.

Como en tiempos de la llamada “guerra económica”, muchas familias han tenido que adoptar la costumbre de hacer solo dos comidas al día: una a media mañana y otra al final de la tarde. No alcanza para más.

Gracias a que en muchas familias pobres hay uno o varios integrantes con formación profesional o técnica, los trabajos freelance pagados en dólares han sido tabla de salvación, igual que las remesas enviadas por los parientes que emigraron. Sin embargo, dadas las dificultades de empleo que los venezolanos están sufriendo en otros países, en muchos casos estos ingresos ya han cesado o están en pico de zamuro.

Para los trabajadores de la salud y otras áreas priorizadas que viven en las zonas populares, la supervivencia se hace mucho más difícil de lo que ya, de por sí, era. Los que no tienen vehículo propio tienen que pagar el transporte público y se topan, una vez más, con el problema de la falta de dinero en efectivo. Como ejemplo, Peraza dice que para los vecinos de La Vega, el pasaje está en 10 mil bolívares por la India y 30 mil bolívares por la Panamericana.

Otros que viven del día a día y, por ello, no pueden dejar de trabajar, son justamente los conductores de las rutas periféricas. “Los choferes de  los jeeps tienen que madrugar y permanecer horas  en las colas para cargar gasolina”.

El ingenio, ya experimentado durante calamidades previas, surge de nuevo. En las zonas populares se ha hecho corriente el trueque de alimentos como arroz, pasta o granos. Debido a las necesidades inherentes a la pandemia, ahora también se les cambia por cloro y jabón líquido.

“La gente se las arregla, pero lo que más escucho es la queja  por el costo de los productos, ya que evidentemente los comerciantes están clavando una puñalada con los precios. Tampoco paran de hablar de la subida del dólar”, resume Peraza.  

Emprendedores: constancia y austeridad

Personas que desde hace años dejaron sus trabajos de quince y último y asumieron el reto de la iniciativa propia también experimentan las sacudidas de la crisis económica asociada a la pandemia.

En los Valles del Tuy, Juan Lugo y su esposa capean el temporal haciendo severos ejercicios de austeridad mientras siguen trabajando, con mucha constancia, en sus artesanías de madera. “En los últimos tiempos nos ha ayudado mucho el complemento alimenticio entregado mediante la organización popular, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción. En nuestro caso, que somos solo dos personas, nos sustenta bastante bien. Además, agregamos también la ayuda que significan los bonos entregados por el sistema del Carnet de la Patria. En nuestro caso, recibimos el bono Hogares de la Patria (yo como jefe de familia), los bonos especiales, que, por lo general nos salen a los dos, y en las circunstancias actuales, a mí me ha salido el bono Quédate en tu casa, para personas que trabajan por cuenta propia”. 

La pareja tiene a sus dos hijos en Perú, pero las actividades que realizan (en una escuela de música y haciendo entregas a domicilio en moto) no les produce lo suficiente como para enviar remesas.

“Por otro lado, tengo un sobrino en Argentina, que con frecuencia mensual nos envía aproximadamente lo equivalente a un bono de Patria –cuenta el artesano, psicólogo universitario retirado-. Yo le digo que me brinda el café, es decir, que me doy el ‘lujo’ de seguir tomando café diariamente gracias a él”.

Por Clodovaldo Hernández / Supuesto Negado