NO SÉ SI ES HAMBRE, PERO TODOS ESTAMOS COMIENDO MENOS

No sé si llamarlo hambre, pero la verdad es que la mayor parte de las personas que conozco están comiendo menos que hace unos meses, y muuucho menos que hace unos años.

Y el hambre, antes de ser un fenómeno colectivo, es una experiencia personal. ¿O no? Cada uno le atribuye su “dieta obligada” al adversario político. Los opositores dicen que todo es culpa de Maduro y su orquesta de corrupción e ineficiencia. Los chavistas, que es de la patética MUD o de Lorenzo Mendoza y su combo de guerra y sabotaje económico.

Pero unos y otros han tenido que cambiar sus hábitos alimenticios, y no pocos están llegando ya al límite de la desnutrición. El deterioro en la cantidad y calidad de lo ingerido es brutal, marcado por el ritmo frenético de dos factores, a cuál peor: la escasez y la especulación. Hay productos que dejaron de estar en la mesa de todos los días porque “no se consiguen” ni aun teniendo el dinero para adquirirlos, y hay otros que desaparecieron debido sus escandalosos precios.

Lo primero es grave; lo segundo, gravísimo. La bajada por el tobogán es vertiginosa: los lujos “de gente rica” que nos dábamos algunos fueron los primeros en esfumarse. Salmón, jamón serrano, queso parmesano, por ejemplo. Luego, el desabastecimiento y los groseros precios han ido obligando a la gente –incluso a la que tiene buenos salarios- a renunciar también a otros rubros, más normalitos de clase media, como el atún, el jamón común y corriente y el queso llanero o palmito. ¿Qué queda? No es que haya muchas opciones. El otro día, mi esposa me dijo que volveríamos a los tiempos de nuestra infancia (ella en Caricuao, yo en Antímano) cuando nuestras abnegadas madres nos arreglaban con mortadela. Salió decidida a ejecutar este descenso de target, pero volvió indignada contándome que los precios de la mortadela son casi tan altos como los del jamón. Lo mismo pasa con la sardina y el atún, les advierto a quienes no se hayan fijado. Un amigo, profesor de la UBV, escribió en estos días una bella crónica de la resistencia a la guerra económica. En ella contaba sus penurias para estirar el sueldo y relataba que alguien le brindó un almuerzo en un restaurant y se sorprendió a sí mismo comiéndose un bistec tan desaforadamente, que se imaginó a sí mismo como un indigente hambriento. Le dio pena con su anfitrión, pero luego se justificó a sí mismo diciéndose que tenía varias semanas sin probar carnes rojas. No tiene dinero para pagar los precios de carnicería ni tiempo para hacer colas en un Mercal. En sus zona de residencia no hay CLAP y si alguien osa querer formar uno, se encontrará con la furia de un equipo temible, formado por escuálidos furibundos, bachaqueros malandros y comerciantes formales asociados con los dos anteriores.

Lo cierto es que en algunos sectores sociales, el hambre comienza a ser ya una realidad clínica, mientras en otros es todavía una impresión de haber perdido calidad y cantidad en la alimentación, una triste sensación de empobrecimiento que se manifiesta en situaciones inéditas de carencia de hasta lo más elemental. En estos días, un amigo de mi hijo mayor lo expresó en una sola frase. Hablaban de ir a un lugar en plan pobre, sin pretensiones de hotelería ni restaurantes. “Diría que, tranquilo, chamo, comemos pan con mantequilla… Pero es que no hay pan ni tampoco mantequilla”.

Clodovaldo Hernández/Supuesto Negado