En el este de Caracas se resuelven con ventas de garage

Razones como la migración y la hiperinflación han dado un nuevo auge en Venezuela al viejo y conocido negocio de la compra-venta de artículos usados.

Despojado del cutre apelativo de “mercado de los corotos”, o del un poco más maquillado nombre de “bazar”, hoy las “ventas de garage” (pronunciado “garash”, como en las películas), proliferan en urbanizaciones de clase media y en redes sociales. En general, se trata de gente que quiere ganarse algo extra a costa de las cositas que ya no usa o que piensa dejar atrás al partir.

Ropa y zapatos de marca, electrodomésticos, libros, adornos, muebles, juguetes, lencería y hasta vestidos de novia se pueden encontrar en estos mercadillos, en ocasiones a precios de gallina flaca, en otras no tanto, alegando la calidad y procedencia de cada cosa. Todo esto  barnizado con una estética edulcorada que poco tiene que ver con lo que hasta no hace mucho fue el negocio de los artículos de segunda mano, tradicionalmente enfocado al target de muy precario poder adquisitivo. Hoy, comprar cosas usadas hasta puede ser chic.

Instagram es el point

La red social Instagram se ha convertido en la plataforma predilecta para montar “ventas de garage”, tanto de particulares que quieren salir de ciertas cosas como de comerciantes que han decidido establecer este tipo de negocio para ganarse la vida.

El día en que redacto esta nota la etiqueta #ventadegaragevenezuela ostenta aproximadamente 12 mil 500 publicaciones en Instagram. Vestidos, jeans de marca, consolas de video juegos, carteras, esterilizadores de teteros, muñecas, bicicletas, zapatos deportivos, y hasta una botella de whisky Regency “empezada, con 75% de su contenido aproximadamente”, se ofrecen a la venta.

Más o menos la misma cantidad de publicaciones tienen las etiquetas #ventadegaragevzla y #ventadegarageccs. El denominador común de casi todas las ofertas es el precio en moneda extranjera “o al cambio del día”.

Como un complemento a sus ingresos formales y para darle provecho a muchas cosas que tenía en su casa sin uso y ocupando espacio, la arquitecta Karem Domínguez, de Maracaibo, estado Zulia, abrió por Instagram en 2015 su garage “D’segunda mano” (@dsegundamcbo), en el que ofrece a más de 4 mil seguidores “artículos nuevos y usados, pero no abusados”. Básicamente vente ropa y bisutería.

“Había escuchado del auge de los garages y me animé, pero realmente no pensé que me iba a ir tan bien como de hecho me ha ido”, contó la ahora comerciante.

Artículos propios, de su núcleo familiar y de amistades cercanas son los que vende Domínguez en su garage. También presta su plataforma para colocar cosas a consignación, con el acuerdo previo de pagar cincuenta por ciento de la venta a quien proveyó del producto y cincuenta por ciento para ella por la gestión.

“Las garajeras” es como llama al gremio del cual se siente parte y que se cuida entre sí, promocionando la reputación de sus colegas y fomentando la confianza para que los clientes se acerquen y vuelvan.

Sobre la raya que puede significar comprar (y vender) cosas usadas, Domínguez opina: “se han desipado bastante esos prejuicios. Cuando comencé con las ventas on line la gente me preguntaba con asombro que qué clase de gente me compraba, que si era gente de bajos recursos, y cosas así. Decir antes que tú llevabas un artículo usado era ‘uy, que pena’. Sin embargo veo que ahora la gente lo está tomando con más naturalidad, ahora me piden que los etiquete y me ofrecen artículos para la venta. Definitivamente el venezolano se adapta a cualquier situación y me parece bien que la gente esté asumiendo esta opción válida para suplir necesidades”.

La pesadilla de los edificios

Si quiere pescar ofertas en una venta de garage a la antigua, es decir, no por Internet sino en vivo y directo, no tiene sino que pasearse por alguna urbanización de clase media de Caracas en fin de semana. En cualquier esquina, portón o cartelera de panadería segurito se encuentra con un cartelito casero que anuncia el evento y la dirección exacta, a veces con mapa de Google incluido para que no haya pérdida.

Las ventas de garage en casas, y especialmente en apartamentos, se han convertido en todo un reto para los predios de la gente acomodada, donde no complace mucho ni estar dejando entrar a desconocidos ni mucho menos estar mostrando la vulnerabilidad económica que significa el poner a la venta sus pertenencias.

Quien suscribe les ofrece su propio testimonio. En el edificio donde vive mi novio, ubicado al este del este de Caracas, hace algunos fines de semana las habitantes del pent house -una señora encopetada y su hija veinteañera- pegaron una hojita en el portón de la entrada anunciado su venta de garage, días antes de migrar a Miami.

No hizo falta mucho para que por culpa del anuncio escrito a mano se inundara de mensajes el chat de WhatsApp del edificio, donde se enfrentaban quienes defendían el legítimo derecho de las vecinas a rematar sus cosas y quienes consideraban que el letrero era una raya para la ilustre comunidad.

El desenlace se precipitó sin mayor trámite. Se autonombró una comisión para hacer presencia en el pent house. Menos de una hora después el grupo, comandado por la conserje, salió del apartamento soriente y bien provisto. Todos quienes fueron a reclamar dejaron la vivienda con su respectivo artículo usado en la mano, el cual pudieron llevarse por un módico precio de remate por migración.

Sin problema, las señoras pudieron seguir con su venta de garage por varios días hasta que vaciaron su apartamento. Viajaron ligeras de equipaje y con algunos dólares extra. Los vecinos, por su parte, tuvieron su final feliz con una chaqueta de Zara, unas sandalias Clarks, unos platos de navidad bien bonitos y un morral de Hello Kitty, que al menos quedaron en familia.

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Por Rosa Raydán / Supuesto Negado