Los youtubers del sexo: ahora soy mi propio proxeneta

Sesiones de Webcam, sitios web de modelos, fotos de menores de edad que se hacen pasar por mayores y de veinteañeras que se hacen pasar por teens, es el mundo del sexo digital en el que cada cuerpo es una marca, industria que arrastra a millones de jóvenes, negocio que cada día crece más sin que los gobiernos se preocupen mucho por él o sepan cómo manejarlo… o entenderlo.

Cada vez más gente se suma a este negocio, no solo en los EEUU sino en países como Colombia. ¿Cómo funciona?

Del sexo analógico al digital

Por definición, industria es cualquier uso de la laboriosidad o del trabajo humano. Aunque la prostitución es llamada “el trabajo más antiguo” y las imágenes y postales sexuales son antiquísimas también hablamos de industria sexual propiamente dicha solo desde los años sesenta y, a lo sumo, a lo largo del siglo XX.

A diferencia de la prostitución, las imágenes lascivas y los libros libertinos que ya entretenían a los aristócratas antes de la revolución francesa el conjunto de servicios que llamamos industria sexual es producto del capitalismo más reciente.

En ese sentido el intercambio de sexo por dinero tiene su forma más básica en la prostitución, pero este es solo un aspecto de una industria que se basa en proveer estímulos sexuales de todo tipo, juguetes sexuales, objetos decorativos, etc.

La industria sexual del siglo XX nació cuando los proveedores de imágenes y productos sexuales salieron de la clandestinidad y crearon marcas que ofrecen distintos productos o servicios. Legendarias revistas picantes como Playboy y Penthouse iniciaron un negocio que pasó de vender estímulos a vender fantasías.

Durante este periodo, la era de Hugh Heffner, tanto grandes marcas como las mencionadas arriba como pequeñas empresas obscuras que producían los contenidos vinieron a ocupar el papel de los chulos o proxenetas.

A las prostitutas se unieron otros tipos de trabajadores sexuales: actrices pornográficas, modelos eróticas, y performers, es decir, bailarinas, strippers, etc.

Entre los años 80 y la primera década del 2000 la industria pornográfica salió del closet. Si antes la gente iba a ver porno a cines sórdidos –como el de la Urdaneta donde podía pasar cualquier cosa buena o mala– o necesitaba tener un proyector de películas, desde ese momento la pornografía se distribuyó libremente en vídeo gracias al VHS y luego al DVD.

La llegada del internet marcó una nueva era de la industria sexual cuando a la digitalización de las industrias de la pornografía se unió una ola todavía mayor de piratería y otra de video amateur, es decir, hechos por gente común, que era el anticipo de la nueva era.

La era de la webcam

Los gringos tienen un dicho: si eres bueno en algo no lo hagas gratis.

Con el internet ya no hizo falta tener acceso a una imprenta o a material fílmico para publicar nada. Los equipos son cada vez más baratos y cualquiera con suerte, que sepa promocionarse, no solo puede convertirse en su propio proxeneta sino en una celebridad.

El resultado es que la web se ha poblado con una industria del sexo autogestionaria que se entremezcla con otras como la del modelaje. La belleza física y la aptitud para estimular las fantasías ajenas se han convertido en un nuevo tipo de capital.

Por supuesto que las grandes marcas no han desaparecido, siguen ahí, aunque aporreadas. Las franquicias californianas como Bang Bros que han hecho millones en el epicentro de la industria sexual, la costa oeste de los EE.UU., siguen ahí.

Lo nuevo es que las plataformas de internet y el hardware como cámaras y equipos de filmación han permitido que surja una raza nueva de trabajadores sexuales que no son modelos, performers o prostitutas aunque si una extraña mezcla de las tres.

Desde las modelos de Instagram que pueden hacerse millonarias a punta de promocionar productos hasta oscuras ninfas universitarias que se desvisten desde su cuarto para pagar las cuentas hemos llegado a una nueva era de la industria.

Todo comenzó con páginas de modelos que ofrecían fotos y videos que, según la disposición de cada cual, mostraban relaciones sexuales, desnudos completos o solamente imágenes eróticas. Ahora Internet está saturado de plataformas de sexo virtual donde los clientes pueden ver a estas modelos desvestirse, masturbarse, tener relaciones sexuales, bailar o cumplir las fantasías de los clientes que no solo les pagan sino que les dan “regalos”.

Esto gracias a plataformas análogas a Youtube y Facebook (Patreon, Camhub, etc.) que sirven como redes sociales del sexo.

Así como cada Youtuber es un administrador de su propia marca y de su propia empresa, estos youtubers del sexo ofrecen algo que las actrices porno y las modelos eróticas tradicionales no ofrecían: contacto directo con los seguidores que, si tienen el dinero, pueden tener hasta una sesión privada.

Sexo por dinero

Hemos heredado del cristianismo el desprecio por la idea de cambiar el sexo por el dinero: si no es por amor, al menos tendríamos que cambiar el sexo por deseo y afecto. La izquierda, sobre todo el feminismo, heredó esa idea y ve a los clientes de los servicios sexuales como explotados por clientes malvados.

La realidad es más compleja que eso: las trabajadoras sexuales –y trabajadores porque también hay hombres– tienen décadas organizándose y luchando no solo contra la explotación y los abusos sino contra el feminismo tradicional que las mira como víctimas o inválidas que no pueden hablar por sí mismas.

Si es cierto que hay muchas relaciones de explotación en la industria sexual, e incluso esclavitud, también lo es que muchos –la mayoría– de los trabajadores sexuales son autónomos y gracias al internet tienen un control cada vez mayor de los servicios que ofrecen (una modelo de webcam no puede ser asesinada o secuestrada por el cliente).

El negocio del sexo es bien escabroso y frecuentemente se ven envueltos menores de edad, hay estafas y riesgos. Pero en América Latina los gobiernos, en particular los de izquierda, o han ignorado la existencia de este fenómeno o tienen explicaciones moralistas para el mismo. Ni siquiera hay estadísticas confiables.

El hecho es que, en la industria sexual de nuestros días, la mayoría de los trabajadores son autónomos, proxenetas de sí mismos y están en ese negocio por voluntad propia, aunque de forma precaria.

Los trabajadores sexuales, que también son los ciberproxenetas de su propio cuerpo, son parte de una legión de cuentapropistas que, en todas las áreas, alimentan nuestro inmenso sector informal.

Cuando se saca el juicio moralista sobre cambiar sexo por dinero (otros dan la inteligencia, el esfuerzo, etc.) lo que quedan son problemas de explotación, auto-explotación, seguridad social y oportunidades laborales.

¿Qué harán estas personas para vivir cuando pierdan la juventud y la belleza? ¿Cómo darles seguridad social y laboral a los millones de trabajadores informales y cuentapropistas de este continente? ¿Tenemos idea de cómo hacer un marco legal e institucional para los cuentapropistas?

Pero más importante todavía, es la pregunta: ¿estos atolondrados políticos latinoamericanos que parecen vivir en otro planeta tendrán idea de cómo abordar asuntos tan complejos?

Estas son las preguntas que están más allá del morbo, de la risa y del escándalo.

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Fabio Zuluaga / Supuesto Negado